FORMAR PARA EL BIEN COMÚN

Y si volvemos a buscar entre los Personalistas respuestas a los desafíos actuales

El personalismo comunitario se reconoce porque inserta las ciencias morales en el estudio de los actos humanos tanto a nivel personal como grupal. Una respuesta muy diferente a la que por estos días no propone el Congreso del Futuro que organiza el Senado de la República, donde pareciera que difunden principalmente la tesis del Transhumanismo.

Si en vez de asumir la decadencia de la especie humana e intentar modificarla en su esencia, volteamos a los caminos trazados desde Aristóteles y el cristianismo (Cultura greco-cristiana) encontraremos respuestas más satisfactorias a nuestras inquietudes culturales y espirituales. En efecto, los iusnaturalistas nos brindan sustento a la defensa de la persona humana, y nos dan orientación para la construcción de nuestra sociedad sustentada en la propia dignidad humana, lo cual legitima la acción política. Tal vez allí podríamos encausar la confusión actual evidente respecto a qué es un buen gobierno en la discusión mundial y latinoamericano.

La modernidad, ahora más evidentemente en la post modernidad, ha confundido lo humano, ya que radica su definición sobre normas mayoritariamente surgidas desde el consenso iuspositivista, lo cual va derivando en una instrumentalización en la temática de los derechos humanos que el pacto social va consolidando.

Qué pasa cuando el consenso político o acuerdo no dan respuestas jurídicas y/o políticas a la situación de las limpiezas étnicas; pueblos que siguen bajo ocupación (ejemplo, Palestina); migrantes a razón del cambio climático; desplazamiento forzado por causa de la pobreza; relativización del derecho a la vida; entre muchas otras situaciones. ¿Estos gravitantes temas serán resueltos por las nuevas tecnologías de manera automática?; ¿o serán respondidas desde una nueva esencia del ser humano, trastocada por la robótica y la inteligencia artificial?, ¿o son asuntos de políticas de protección y defensa de la dignidad humana?

La confusión actual en materia de gobernanza mundial parece estar relacionada con que la legitimidad de la ley radica en el consenso de las mayorías y que este se aplique a todos por igual, lo que denota una falacia en el planteamiento jurídico, ya que se sitúa por sobre la categoría ética, cultural e histórica que resulta consustancial a la legitimidad de la norma. Cabe indicar que todas las categorías, desde la perspectiva personalista, no pueden colisionar con los derechos que emanan desde la propia dignidad de las personas.

En consecuencia, los cambios sociales o reformas no tienen que ver primeramente con la eficacia o eficiencia, ni tampoco con los consensos, sino con la protección y respeto de la dignidad de las personas. Cuando hemos perdido aquello de vista y todo axioma puede ser legitimado por lo procesal, aunque atente contra el bien de las personas, estamos en un sinsentido social y sus políticas públicas.

Situaciones como el cambio climático nos manifiestan la urgencia en la implementación de las normas de protección medioambiental y, especialmente, reformas en nuestro estilo de vida, en vistas a evitar que se acrecienten los desastres provocados por ello y que están afectando a millones de personas; sin embargo, están quienes defienden su derecho a mantener sus sistemas (estilos) de vida amparados en el consumo de bienes y servicios sin regulación o intervención de terceros. La máxima (hedonista) es que teniendo recursos puedo adquirir, según las leyes del mercado, todo lo que deseo y/o merezco.

 La deshumanización del sistema inviabiliza el derecho al desarrollo de los pueblos y la protección medioambiental efectiva en relación al desarrollo sostenido. Por tal motivo, debemos urgentemente volver a leer a los personalistas, esto como una manera de dar sentido y orientación a los Derechos Humanos, y desde ahí impulsar nuestras políticas públicas actuales.

En efecto, requerimos de un renacimiento del pensamiento comunitarista y un distanciamiento del escepticismo, recipiente del ethos cultural que interpreta los derechos humanos contemporáneos. La comunidad es ante todo obra de la naturaleza y se encuentra más estrechamente ligada al orden biológico; en cambio, una sociedad es sobre todo obra de la razón y se encuentra estrechamente vinculada a aptitudes intelectuales y espirituales del hombre. Seguir en los planteamientos de la modernidad y post modernidad, que nos ha presentado como axioma “que no existe principio en la naturaleza”, por tanto, todo se limita a la especulación lo que está significando nuestra autodestrucción.

Filosofar y dar sentido a la política tras un proceso reflexivo parece doblemente complejo, inserto en una cultura contemporánea que está impregnada de una desconfianza respecto a las posibilidades del intelecto de descubrir la verdad. De ese modo, la supremacía actual es el relativismo escéptico. Lo contrario atenta contra la libertad individual, que no es otra cosa que opiniones con gran sustento en los intereses propios. Ello prescinde de lo comunitario y opta por no inmiscuirse en las causas del dolor ajeno, llevando implícita la siguiente máxima: la defensa de mis intereses (confundidos con derechos) conllevan no tener responsabilidad ante el OTRO o prójimo. En definitiva, se pierde la noción del nosotros y con ello la comunidad.


Dr. Jaime Abedrapo
Director de Investigaciones de la Escuela de Gobierno de USS